Reporteros sin fronteras

Les prédateurs

Bielorrusia
Alexandre Lukachenko
Presidente

Déspota sin complejos, Alexander Lukashenko expresó sus profundos pensamientos al Ministro de Asuntos Exteriores alemán, Guido Westerwelle, en marzo de 2012: “más vale ser dictador que homosexual”. Si ya poseía un preocupante currículo desde su llegada al poder, en 1994, ahora Alexander Lukashenko pasó a un nivel superior con la feroz represión de la protesta que siguió a su “reelección”, en diciembre de 2010. Entre esta fecha y diciembre de 2011 una centena de periodistas ha sido interpelada –un buen número de ellos fueron agredidos a golpes– y una treintena fue condenada a penas de cárcel más o menos largas. Las libertades de expresión y de reunión han sido restringidas de tal modo, que a los manifestantes no les quedó más que reunirse aplaudiendo en todas las grandes ciudades del país para expresar su inconformidad. Pero incluso esta forma de expresión ciudadana fue disuelta violentamente.

En Minsk, como en otras regiones, los registros y las interpelaciones se han multiplicado. Natalia Radzina, jefa de redacción del sitio web de oposición Charter97.org, se vio obligada a huir del país. Irina Khalip, corresponsal del diario ruso independiente Novaïa Gazeta, salió de prisión, pero fue puesta bajo arresto domiciliario. Los diarios independientes nacionales se hunden por las multas, mientras que los ejemplares de ciertas publicaciones regionales simplemente son confiscados de manera regular. El régimen se venga de las sanciones de la Unión Europea con sus propios ciudadanos: periodistas independientes, miembros de la oposición y defensores de los derechos humanos descubrieron con azoro que ya no estaban autorizados a salir de país.

En resumen, los sorprendentes espacios de autonomía frente al poder que habían subsistido a pesar de todo durante dos décadas, se redujeron brutalmente. El jueguito que consiste en otorgar acreditaciones de forma selectiva obliga a algunos medios de comunicación extranjeros y a sus corresponsales a trabajar de manera ilegal –y los vuelve aún más vulnerables. Internet no podrá suplir esta ausencia de libertad: desde el año 2010 los clientes de los cibercafés, así como los usuarios de conexiones compartidas, están perfectamente identificados y ubicados, mientras que los contenidos son vigilados por un “centro analítico” incorporado directamente a la presidencia. A las puertas de la Unión Europea, Alexander Lukashenko hace todo para mantener a su país bajo control. Pero la sociedad civil resiste y espera su momento.

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